Alfonso era el joven más prometedor de cuantos vivían en aquella casa de asistencia, allá en Ciudad Guzmán, Jalisco, la tierra de Juan José Arreola y de Clemente Orozco. Eran los primeros años de la década de los setentas. Estudiaba el segundo año de normal, y ya su caracter permitía pronosticar el futuro.
Todos, claro está, obtendrían licencia para ejercer el magisterio pero, naturalmente, unos más y otros menos, ascenderían dentro de la sociedad magisterial.
Alfonso, atlético, fácil de palabra, habituado a leer y consumado artista del pincel, era considerado por los maestros y por sus compañeros, como quien lograría mayores ascensos en menor tiempo.
Cumplidos los estudios fueron diseminados por todo el territorio nacional, y no fue sino hasta el año pasado cuando supe, por un amigo común, que Alfonso es director de una escuela en un pequeño poblado de Jalisco. Que se había casado y que es padre de cuatro niños.
Aproveché las vacaciones de agosto y llegué al pequeño poblado. Pregunté por Alfonso.
-El Dire –me dijo alguien- vive en aquella casita, al final de la calle-.
La casa es de dos piezas que hacen las veces de sala, recámara, comedor, cocina y baño. Botellas de vino, abandono, promiscuidad asombrosa en aquel hogar del director de la escuela del pueblo. La esposa y él, sobrados de kilos y enfundados en ropa sucia y rota.
¿Fue el vino?, ¿fue la mujer?, ¿las circunstancias?...
No quise entrar en detalles. Saludé al viejo amigo y a su esposa, que también es profesora, y regresé triste, muy triste. Acababa de ver la peor de las miserias:
¡El triunfo de la pereza!






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